miércoles, 19 de octubre de 2011

Diciembre

 Diciembre era el nombre con el que el viejo Julio Sol, un tipo singular con un sentido del humor algo peculiar como podréis comprobar, había bautizado su villa.
 A lo largo de su dilatada vida (algunos comentan que si fuese cierto todo lo que cuenta debería de tener más de cien años, rumor que se hizo tan fuerte que los vecinos llegaron a tachar de falso el certificado de nacimiento que el Tomás, que tiene un hijo juez que trabaja en la capital, trajo a la taberna para que todos supiésemos la verdad) trabajó, siempre según él, de todo: agricultor, leñador, nada más y nada menos que en el Amazonas, herrero, "cuando ver un coche era más raro que un billete de cien pesetas", jardinero, camionero, "hace poco", carnicero, mayordomo... y la lista continúa, tan variada que parece la de un personaje de ficción y tan larga que aburre.
 El viejo Julio (tan viejo que a veces insistía, sobre todo cuando ya llevaba unas cuantas copas de vino, en que era tan viejo que le llamásemos Agosto) era todo un esperpento: calvo como un buitre salvo por el reguero de pelos que le crecían de sien a sien y le caían por la nuca como una cortina apolillada. Unas orejas grandes, oscuras y sobre todo velludas le salían a ambos lados de la cabeza, rivalizando con la obra faraónica que era su nariz, sosteniendo entre las tres unas gafas de pasta marrón y cristales gruesos. Sus ojos azul cielo, enormes y siempre abiertos que más parecían los de un búho, o los de un topo si se quitaba los lentes, miraban con viveza debajo de las techumbres blancas que tenía por cejas. Desdentado, con los labios hundidos y las mejillas chupadas, bien parecía que podría sacar chapas con la mandíbula o arar surcos con el mentón.
 Cuando llegó al pueblo, hace ya diez años, fue directamente al ayuntamiento, mantuvo una entrevista de tres horas con el Gregorio, el alcalde, naturalmente, salieron los dos charlando muy animados y fumando puros de los que guarda el Gregorio para cuando le visitan personajes de la clase política y otros de su misma ralea, y se metieron en casa de Ángel, el notario. Poco después, Julio ya era dueño de la villa que nosotros llamábamos del Patapalo, otro insigne vecino, casi una leyenda, igualmente peculiar que había fallecido varios años antes, y de las tierras de la colina que la rodean, ya que, al haber muerto sin herederos, su patrimonio había pasado a manos de los lobos y estos no tuvieron ningún problema en venderlo.
 Las viejas, especialmente Rosinda y Carmen que no tienen otra cosa que hacer en todo el día que darle a la sinhueso, no daban a basto. Surgieron más rumores de aquellas dos bocas en una semana que noticias en los periódicos en todo el año. Por supuesto, que el aludido no saliese de su recién estrenada casa en varios días no hacía más que suscitar la curiosidad y activar la imaginación de las mentes ociosas del pueblo. Que había pagado el inmueble, las fincas y los emolumentos de Ángel a tocateja era casi seguro, pero las teorías a cerca de la procedencia de ese dinero fueron de lo más variopintas (se llegó al extremo de fantasear con tesoros enterrados, no digo más).
 Mientras los vecinos hablaban, pasaron los días y tres camiones de mudanzas atravesaron el pueblo y se pararon delante de la casa del Patapalo. La de bultos que vimos salir de aquellos camiones, cajas y cajas de cartón, muebles de varios estilos y épocas, sin duda antigüedades, un piano... Aquello fue como una bomba. Pobre Julio, debieron zumbarle tanto los oídos que no sé si dormiría esa noche. Su encierro, lo misterioso de su comportamiento, si es que tiene algo de misterio, y semejante despliegue de medios alarmaron de tal modo a la vecindad que cuando tanto Gregorio como Sebastián, el párroco, estuvieron hasta las narices de escuchar tonterías fueron a verle, con una buena comitiva de bastones y dentaduras postizas detrás, y le citaron a darse a conocer en la plaza mayor durante las fiestas de la vendimia que ya estaban próximas. Aceptó y de que buen agrado, sin sorprenderse ni lo más mínimo por el nutrido grupo de personas que se agolpaban en su porche.
 La noche de la fiesta todo era expectación. La gente no dejaba de murmurar, los menos combatían los nervios bailando y los más comiendo y bebiendo. Los jóvenes, que llevábamos esperando a las fiestas para reencontrarnos con viejos amoríos a los que el trabajo, convenientemente, no nos dejaba ver el resto del año no podíamos hacer nada sin que los ojos vigilantes de los viejos nos censuraran, como si no entendiéramos la gravedad de lo que estaba por suceder. Las horas pasaban y poco a poco la fiesta fue tomando sus derroteros habituales, ya que se pensaba que el extraño vecino no iba a acudir a la cita.
 Al dar las doce en punto, alguien soltó una risa que más parecía un trueno y nos giramos. Nunca olvidaré el silencio con el que se anunció la aparición de Julio en la plaza. Sonriendo de oreja a oreja, con aire augusto y triunfal, no se le había ocurrido otra cosa para presentarse ante un pueblo que le era más bien hostil que cubierto con una toga, atada al modo de los romanos o los griegos, que dejaba al descubierto un pecho esquelético sembrado de pelos blancos y unas piernas flacuchas como alambres, una corona de laurel en la cabeza y un tirso, con piña y todo, en la mano. Ante el asombro general, Julio se fue acercando a uno de los bancos del centro de la plaza, saludando a un lado y a otro como si conociese a todo el mundo. Raúl, el pianista de la orquesta y reconocido bromista, se recuperó de la impresión, se hizo al teclado y se puso a tocar la Marcha Triunfal de Aída. El viejo Sol, lejos de sentirse intimidado por la burla musical, se puso la mano en el pecho, levantó la cabeza hasta que casi se pudo oír el chasquido de los huesos, y midió el paso a las notas hasta que, con el último compás, tomó asiento. Todo un espectáculo. No sé quién empezó a reírse primero, pero viendo toda aquella escena la risa se hizo incontrolable y acabamos todos riendo. Ciertamente no nos reíamos de él, si no con él, digno sucesor de las costumbres del Patapalo como contaban los más veteranos. Según fue avanzando la fiesta descubrimos dos cosas, la primera, que iba así vestido en honor a Dioniso, "que por algo es el dios del vino", y la segunda, para nuestra desgracia, que mientras Julio tuviese fuerzas para estar en la plaza no nos quedaba más remedio que ver como bailaba con todas las chicas, jóvenes y maduras, casadas, solteras o viudas, a las que pudiese echar mano como si de un auténtico sátiro se tratase. Lo cierto era que se había ganado al pueblo entero.
 Con el tiempo fuimos viéndolo cada vez más por la calle, paseando siempre meditabundo, como si le preocupase algo, con los ojos clavados en el suelo y las manos a la espalda, mirando de cuando al cielo y calándose la boina en un gesto que sólo se podía interpretar como una reprimenda a su curiosidad. Más tarde paseaba con los perros que la Jacinta, la esposa de Juanma, el carnicero, no había podido regalar, llevándoselos minutos antes de que los subiesen al coche para llevarlos a la perrera. Nos acostumbramos entonces a escuchar sus gritos llamando por Otoño e Invierno, cosa que le resultaba muy divertida desde que empezaba hasta que acababa el verano y que usaba para tomarnos el pelo a los demás durante las mencionadas estaciones, de modo que no sabías si estaba hablando de los perros o del tiempo (nunca supimos por qué le gustaban tanto los chistes sobre los meses y las estaciones).
 Se hizo asiduo visitante de la casa de Francisco, la única taberna del pueblo, "la única que tiene un vino que me gusta", y allí se le podía encontrar casi todas las tardes dando buena cuenta del queso curado que elaboraba el propio Francisco y de las raciones de callos todos los domingos, a las que no faltaba por nada del mundo. En más de una ocasión usó esta costumbre como disculpa ante las gentes más practicantes del pueblo para explicar que "no puedo ir a misa mientras la mujer de este buen hombre me tiene preparado semejante manjar".
 El viejo Julio era, sin duda, un derroche de simpatía, sabiduría y experiencia a partes iguales. Pero con la llegada del invierno todo cambiaba, se le veía taciturno, ensimismado, casi dejaba de hablar y la sonrisa con la que habitualmente te recibía se apagaba en una leve mueca que casi daba pena. Estos síntomas se agravaban cuando se abrían las puertas de Diciembre, el único mes del año durante el que a penas sí salía, a veces parecía que sólo lo hacía para darle el gusto a los perros de coincidir con sus congéneres. Tenía no obstante una costumbre que tampoco variaba en esta época del año: entraba en la taberna, ocupaba una mesa que había en la esquina más alejada de la puerta y pedía una botella de vino con dos vasos. La primera vez que lo vimos nos pareció otra de sus particularidades, pero era ésta la única en verdad perturbadora. Se sentaba durante horas, rellenando su vaso sin tocar el otro que siempre ponía vacío delante de él, bebiendo hasta que dejaba la botella a la mitad, después se levantaba, pagaba y echando una última mirada a la mesa, se iba sin decir nada. Hubo un día en el que el Sebastián, después de salir de misa, entró y se lo encontró en esa postura, le preguntó primero a Francisco pero, claro, nada sabía, solamente pudo decirle que era costumbre suya hacerlo siempre por aquellos días, así que, extrañado, se acercó a la mesa y le preguntó qué era lo que le pasaba. Yo tuve la fortuna de estar lo suficientemente cerca para escuchar lo que el viejo Julio Sol, aquel 8 de Diciembre, le dijo al cura: "He vivido una vida larga... he vivido más de lo que yo nunca pensé que fuera a vivir y, en consecuencia, cada día lo viví como mejor supe y nunca he tenido una forma mejor de aprovechar el poco tiempo que me quedaba que amar. La mayoría viven pensando que el tiempo que tienen es infinito y lo malgastan como si no valiese nada, lo tiran acumulando riquezas para pasar su inmortalidad, lo tiran luchando por un poder que parece diseñado para arrebatarle el tiempo a otros, lo tiran envidiando, odiando y destruyendo las vidas inmortales de los demás de una u otra manera. Yo lo gasté amando. Amé a muchas mujeres y a muchos hombres, los amé durante años o sólo durante los minutos que estuvieron ante mis ojos, a algunos en carne, a otros en espíritu y a menos de los que me habría gustado en ambas. Amé canciones, libros, casas, calles, voces, brisas, sabores... Amé a mi padre y a mi madre, aunque me lo pusieron difícil, a mis hermanos, a mi esposa y mis hijos. Me amé también y a mis temores, dudas y recelos. Hoy es mi cumpleaños, Sebastián, y lo celebro con todos aquellos a los que en esta vida he amado y ya no están y con aquellos que están pero a los que ya no puedo llegar." Fue la primera y creo que última vez que Sebastián se quedó sin habla. Aquellas palabras causaron una profunda impresión en todos los que pudimos escucharlas y, aquella noche, todos lloramos con Julio cuando se fue.
 Hoy, otro 8 de Diciembre, me gustaría alzar una copa de vino y brindar por todos aquellos a los que hemos amado y ya no están y por aquellos a los que ya no podemos llegar como habría hecho el viejo Sol ya que, como bien dijo, nuestro tiempo aquí acaba agotándose y hoy hay una botella y dos vasos vacíos sobre una mesa a la que nadie se va sentar.
 ¡Salud!

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